Nueva York debate prohibir las calesas después de que un caballo muera en Central Park

La muerte del Deniz en Nueva York reaviva el debate global sobre el uso de caballos en el turismo urbano. Barcelona prohibió las calesas en 2018, Málaga las eliminó en octubre de 2025 y decenas de ciudades del mundo han seguido ese camino. Palma de Mallorca, Sevilla, Jerez y Córdoba siguen mirando hacia otro lado.

12 junio 2026
New York, United States.
Nueva York debate prohibir las calesas después de que un caballo muera en Central Park

Eran las ocho de la tarde del martes 9 de junio en Central Park, Nueva York, cuando Deniz, un caballo de 16 años, comenzó a temblar mientras arrastraba una calesa por una cuesta en el tramo de West Drive y la calle 72 Oeste. En segundos, el animal se desplomó sobre el asfalto. A su alrededor, los peatones gritaban. Su conductor, Nurettin Kirbiyik, de 52 años y veinte en el oficio, no encontraba explicación: "En 20 años nunca había visto nada así. Un caballo precioso, un caballo bueno, muerto en dos segundos."

Una mujer que paseaba a su perro por el parque describió la escena al New York Daily News: el animal en el suelo, cubierto después con una lona azul, arrastrado por un sistema de poleas hasta un remolque. "Era horrible. Simplemente horrible", dijo. Ese miércoles por la mañana, el alcalde de Nueva York, Zohran Mamdani, compareció ante los medios. Sus palabras fueron contundentes: "Sé que muchos neoyorquinos quedaron perturbados por lo que vieron ayer. Yo soy uno de ellos. Apoyo eliminar las calesas de Central Park."

Lo que ocurrió aquella noche no fue un accidente aislado. Fue el último episodio de una larga serie. Según informó Newsweek, solo semanas antes dos caballos habían colisionado en el parque. En agosto de 2024, una yegua llamada Lady, de 15 años, había muerto en Hell's Kitchen mientras tiraba de su carruaje. Y en 2022, la muerte del caballo Ryder tras desplomarse en Midtown Manhattan había dado nombre a una ley, la Ryder's Law, que busca prohibir las calesas y reemplazarlas por vehículos eléctricos, y que el Ayuntamiento de Nueva York derrotó en comité ese mismo año.

"Lo que pasó con Deniz no es una tragedia imprevisible: es el resultado lógico de un sistema que trata a los animales como herramientas de trabajo en entornos que no están diseñados para ellos", expresa Aïda Gascón, directora de AnimaNaturalis en España. "Escenas similares las hemos visto con frencuencia en ciudades de Andalucía y Baleares, y también en Barcelona. Debemos ponerles fin".

Un modelo turístico que la ciencia ya ha condenado

La muerte de Deniz se produjo bajo una alerta por calor activa en la ciudad de Nueva York. Aunque la causa oficial está pendiente de los resultados de la necropsia, el contexto no es menor: los caballos son animales de presa con sistemas nerviosos altamente reactivos al estrés ambiental. El ruido del tráfico, los bocinas, las aglomeraciones de turistas y el esfuerzo de tirar un carruaje pesado por superficies de asfalto en días de calor extremo representan una combinación de factores de riesgo bien documentada.

La investigadora Clare Weeden, de la Universidad de Brighton, ha señalado que los turistas muestran una preocupación creciente por el uso comercial de animales en el sector del ocio, incluidas las calesas urbanas. Según Weeden, esa tendencia irá en aumento y las ciudades que no se adapten perderán competitividad. "Para ser sostenibles, los destinos turísticos deben responder proactivamente a estas preocupaciones y garantizar que el bienestar animal esté en el centro de su política turística", advierte la investigadora, según recoge el portal Compassionate & Responsible Tourism.

En España, el escenario es parecido. Se han presentado alegaciones ante el Ayuntamiento de Sevilla denunciando jornadas de hasta 13 horas, temperaturas superiores a los 40 grados y alimentación insuficiente para los caballos que trabajan en el servicio turístico de la capital andaluza. Sevilla cuenta todavía con 97 licencias activas. Jerez y Córdoba, con decenas más. Todas siguen operando.

"Los datos que tenemos sobre las condiciones en las que trabajan estos animales en muchas ciudades españolas son incompatibles con cualquier definición razonable de bienestar animal. No se trata de tradición: se trata de explotación sistemática" , señala Gascón.

El caso de Palma de Mallorca merece una mención aparte, porque ilustra tanto los avances posibles como las resistencias que los frenan. En marzo de 2026, el Ayuntamiento de Palma y la Asociación La Calesa Palma alcanzaron un acuerdo para iniciar la transición hacia galeras eléctricas, con el objetivo de tener los nuevos vehículos operativos ese mismo verano, según informó el consistorio. Los propietarios de las calesas trasladaron su disposición a realizar el cambio de forma voluntaria, fruto del diálogo mantenido con el equipo de gobierno desde el inicio de la legislatura. El proceso forma parte de una tendencia que recorre la isla: Capdepera fue pionera en prohibir la tracción animal en 2016, Alcúdia siguió en 2025 y Muro se sumó en 2026.

Pero la historia palmesana también tiene una cara menos celebrada. En paralelo al acuerdo de marzo, el Tribunal Superior de Justicia de Baleares (TSJIB) declaró nulas las restricciones que el Ayuntamiento había aprobado para impedir que los caballos trabajasen durante episodios de calor extremo. El motivo: la modificación reglamentaria de 2022 se tramitó sin el preceptivo informe de evaluación de impacto de género que exige la ley balear. Es decir, una medida de bienestar animal fue anulada no porque fuera injusta, sino por un error de procedimiento administrativo. Los caballos pagaron ese error con su cuerpo durante los veranos siguientes. La transición eléctrica es una buena noticia en Palma, pero la historia reciente recuerda que las buenas intenciones sin blindaje normativo no bastan.

Barcelona, Málaga y treinta ciudades que ya eligieron otro camino

España no parte de cero. En mayo de 2018, el Ayuntamiento de Barcelona decidió no renovar la última licencia de calesas turísticas de la ciudad, poniendo fin a décadas de debate. El detonante había sido la muerte del caballo Neret en Montjuic en 2015, tras seis horas arrastrando un carruaje. 

Siete años después, Málaga siguió ese ejemplo. El 6 de octubre de 2025, el Ayuntamiento malagueño hizo efectiva la revocación de las 25 licencias que aún quedaban en vigor, indemnizando a sus titulares con más de 125.000 euros por licencia. El alcalde Francisco de la Torre lo justificó por "la incompatibilidad de la actividad con el desarrollo de la ciudad en condiciones de seguridad y salubridad, tanto para los usuarios de la vía pública como para los propios animales".

El movimiento es global. Guadalajara (México) se convirtió en 2017 en la primera ciudad del mundo en sustituir sus calesas por réplicas eléctricas sin caballos, con resultados que han incrementado los ingresos de los conductores entre un 40 y un 100%, según datos recogidos por Compassionate & Responsible Tourism tras una visita de investigación en 2019. Colonia, Bruselas, Palma de Mallorca, Estambul e Izmir han tomado decisiones similares en los últimos años.

La Ryder's Law, la propuesta neoyorquina que acaba de reintroducir en el Concejo el concejal Christopher Marte, propone exactamente ese modelo: eliminar las calesas de tracción animal y reemplazarlas por vehículos eléctricos que preserven los empleos del sector. El alcalde Mamdani ha dicho que apoya la medida, pero que corresponde al Concejo legislar.

Es el momento de actuar

Deniz murió sobre el asfalto de Central Park un martes de junio, con el arnés puesto, frente a turistas que grababan con el móvil. Tenía 16 años y llevaba décadas haciendo lo que no debería haber tenido que hacer nunca. Su historia podría haber ocurrido, o puede que ya haya ocurrido, en cualquier ciudad española donde esta industria sigue funcionando sin restricciones.

Tú puedes ser parte del cambio. Puedes empezar por no subir nunca a una calesa tirada por un caballo, explicarle a quien te acompañe por qué esa elección importa, y exigirle a tu ayuntamiento que siga el ejemplo de Barcelona y Málaga. Las calesas eléctricas no son una utopía: son una realidad que ya funciona en decenas de ciudades. El problema no es técnico ni económico. Es político.

"Cada vez que alguien decide no subirse a una calesa, está votando por el tipo de ciudad y de turismo que quiere. Y cada vez que una institución toma esa decisión de forma colectiva, está diciéndole al mundo que los animales no son decorado" , afirma Gascón.

En AnimaNaturalis llevamos años trabajando para que más ciudades españolas tomen esa decisión. Si quieres que lo consigamos, apoya nuestra campaña, comparte esta historia y hazte socio o socia. Porque lo que le pasó a Deniz en Central Park no puede seguir pasando en las Ramblas, en el Parque de María Luisa ni en ningún otro lugar donde los animales pagan con su cuerpo el precio de un paseo turístico.

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